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BARBARA MORI
Cuando uno se encuentra delante de la obra de Bárbara Mori, lo primero que impresiona es su capacidad de penetrar cuidadosamente en el ambiente que la aloja.
No obstante su fuerza expresiva, logra siempre mantener una relación de serena coexistencia con el contexto sin invadirlo ni desvirtuarlo.
Las claves apropiadas para una inequívoca interpretación son su carga emotiva y su sensibilidad. Esto es debido a que la artista tiene una fuerte capacidad innata, típica de la femeneidad, de expresar intrínsecamente la duplicidad y la multiplicación. Ella es mujer y sus obras emanan esa pulsión generadora. La matriz común de la textura esencial es áspera, rugosa, fangosa. Su superficie en sí misma porta toda la poesía del no color, que sólo deja traslucir la sobria tonalidad de la materia pura.
Sin forzamientos cromáticos, crea el lugar pictórico por excelecia sintetizado por lo real de la materia y las tonalidades cálidas de la “tierra”.
Un lugar pre-categorial, primario y esencial, sin el cual nada es posible. Entendido como elemento simbólico puro y sintético, que se manifiesta antes (y más allá) de los arquetipos presocráticos: agua, aire y fuego.
La tierra es entendida no sólo como el escenario en el cual devienen los eventos de la existencia terrena en cuanto tal, aquella que implica el tránsito del nacimiento a la muerte, sino como base sólida, sostén ineludible de toda la existencia que en el sentido Nietszcheniano, circular y eterna, nos envuelve en su permanente retorno, en su infinita regeneración salvadora.

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